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sábado, 9 de mayo de 2026

¿Me permite un momento de su tiempo?


¿Ha descubierto usted el secreto, el secreto de una vida feliz?
¿O habrá algo que falte en lo más profundo de su ser, algún vacío que usted no ha podido llenar?
¿Quisiera encontrar la solución a su problema?



Las siguientes líneas tiene le propósito de ayudarle. Su lectura requiere poco tiempo y le dará a conocer cinco verdades vitales, vitales cuya comprensión le abrirá el camino a una vida que vale la pena vivirse.


La primera es LA VERDAD DEL AMOR. Dios le ama y desea que usted tenga vida abundante. Jesucristo mismo afirmó esta verdad. En una celebre conversación, sostenida con prominente catedrático de su día la expresó en estas palabras:




"por que de tal manera amo dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en el cree no se pierda mas tenga vida eterna" 

Juan 3:16



De esta declaración se desprende 3 consideraciones: la universalidad, la intensidad y la finalidad del amor divino.


El amor de Dios es universal en su alcance. ''Amo Dios el mundo'', sin excluir a nadie. Dios no tiene favoritos, sino que incluye a todos en el infinito abrazo de su buena voluntad.

Además, su pasión por el mundo es extremadamente intensa. “De tal manera amó… que ha dado a su Hijo unigénito”. No simplemente dice que nos ama; lo ha comprobado en una forma que no deja lugar a dudas: por el sacrificio del Hijo de su amor. En la cruz se hace patente cuánto nos ama nuestro Padre celestial. Y la finalidad, o sea el propósito, de su entrañable amor es que cada uno de nosotros tenga “vida eterna”.


Pero ¿qué cosa es “vida eterna”? Es mucho más que una simple existencia interminable; es una nueva clase de vida que se empieza a disfrutar aquí mismo en la tierra y que perdura por toda la eternidad. En la palabra “vida eterna” es la “vida abundante” de la cual habló Cristo cuando dijo:





Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia 

Juan 10:10b





Lo que el amor de Dios le ofrece es una vida abundante. Abundante en gozo, en paz, en pureza, en poder y en seguridad. No es el deseo divino que arrásate usted una existencia miserable de amargura, inquietud, derrota moral e inseguridad.



Tal vez lo dicho hasta aquí hace surgir en su mente una pregunta perturbadora. Si Dios me ama tanto y desea que yo tenga una vida abundante, ¿Por qué no la tengo? ¿Por qué será que mi vida carece de gozo, de paz, de pureza, de poder y de seguridad? La respuesta se encuentra en la segunda verdad vital, o sea LA VERDAD DEL PECADO. El pecado le separa de Dios y le priva de la vida abundante. Es el apóstol Pablo quien nos formula esta verdad en su carta a los creyentes de Roma.





“Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” 

Romanos 3:22b,23.





“Todos pecaron”, dice Pablo. ¡Qué fuerte es esta palabrita! “Todos” !Me incluye a mí, y también a usted, ¿verdad? ¡Si! El pecado es una experiencia universal. Pero esto no es todo lo que texto afirma; también nos hace ver cuál es la consecuencia de nuestro pecado: nos ha destituido de la gloria de Dios.



Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra “destruir” significa “privar a uno de alguna cosa; separa a uno de su cargo como corrección o castigo”. Esto es lo que precisamente lo que ha hecho nuestro pecado: nos ha separado de Dios y nos ha privado de la vida abundante que él desea que tengamos.



Por esta razón nuestra vida carece de gloria. Y como si esto no fuera suficiente, el Apóstol nos advierte que si persistimos en nuestro pecado nos espera todavía algo peor:





“Porque la paga del pecado es muerte! 

Romanos 6:23a





¡Qué cosa tan tremenda es el pecado! Podríamos decir que se ha cavado un abismo profundo y ancho que nos mantiene alejados de Dios y de la vida eterna y abundante que él nos quiere dar. Separándonos de Dios nos priva de gloria en esta vida y de esperanza en la venidera.



¿No habrá remedio para esta terrible condición? ¡Gracias a Dios que sí lo hay! Se halla expresado en la tercera verdad: LA VERDAD DEL SUBSTITUTO. Jesucristo tomó el lugar de usted y de mí en la cruz. Así pagó el precio completo de la salvación, haciendo posible que usted y yo volvamos a Dios. De los muchos textos bíblicos que enseñan esta verdad daremos solo uno:





“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” 

Romanos 5:8





A pesar de nuestro pecado el Padre Celestial todavía nos sigue amando. La suprema demostración de su amor la tenemos en el envío de su Hijo al mundo para actuar como nuestro SUBSTITUTO. Dejando la gloria del cielo, tomó nuestra naturaleza humana al nacer de la virgen María Durante treinta y tres años vivió en este mundo como hombre, sujeto a las mismas tentaciones que nosotros, pero jamás pecó.



Luego, habiendo triunfando sobre todos los ataques del maligno, se echó a cuestas nuestras culpas y sufrió por nosotros el castigo que justamente merecieron nuestros pecados. Lo sepultaron pero al tercer día resucitó. Después de cuarenta días , en que se apareció varias veces a los suyos para comprobar la realidad de su resurrección, ascendió otra vez al cielo donde está intercediendo por todo los que en él confían. Desde allí vendrá algún día en gloria inefable para resucitar a los muertos, juzgar al mundo e inaugurar su reino eterno de justicia y de paz.



De esta manera el Señor Jesucristo ha hecho el puente que pasa por encima del gran abismo creado por nuestro pecado y que nos tiene separados de Dios. Como él mismo decía:





“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mi” 

Juan 14:6





Habiendo, pues, un camino por el cual uno pueda volver a estar en comunión con Dios, ¿qué hay que hacer para aprovecharlo? La respuesta tiene dos partes. La primera parte se encuentra en la cuarta verdad: LA VERDAD DEL ARREPENTIMIENTO. Para poder volver a Dios, necesita usted arrepentirse de sus pecados. Quizá la expresión más clara de esta verdad fue dada por el apóstol Pedro cuando en uno de sus sermones dijo:





“Así que, arrepentías y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” 

Hechos 3:19a.





“Arrepentirse” significa dar media vuelta para poder caminar en la dirección opuesta. Por naturaleza (y por voluntad también) usted y yo andamos por el camino del pecado. Por este camino no nos vamos a encontrar con Dios nunca, por que Dios no es pecador. Si queremos volver a estar en comunión con nuestros Padre celestial tenemos que dar la media vuelta; tenemos que reconocer que andamos mal, tenemos que confesar a Dios que andamos mal, y tenemos que tener el deseo sincero de dejar de andar mal. En otras palabras, el arrepentimiento es un cambio espiritual profundo respecto al pecado: un cambio de opinión, de actitud, de sentimiento y de voluntad.



Pero el arrepentimiento solo no basta. Cuando uno se convence de la realidad terrible de su pecado, cuando confiesa sinceramente a dios su maldad, y cuando siente un deseo profundo de dejar su mal camino, inmediatamente se da cuenta de que el querer no es poder. Algo más le falta para poder zafarse de las cadenas que le detienen. Necesita ayuda, la ayuda de alguien que ha comprobado ser más poderoso que el pecado y aun que la muerte. ¡Solamente UNO bah llenado tan exigente requisito: el santo Hijo de Dios!.



Esta consideración nos lleva enseguida la última de las cinco verdades vitales: LA VERDAD DE LA FE. La vida eterna y abundante es una dádiva que Dios le ofrece en Cristo. Será suya si le recibe a él por fe como su Señor y Salvador.



Cuando hablámos de “la verdad del pecado” leímos parte de una declaración que hizo el apóstol Pablo a los cristianos de Roma. Ahora queremos volver a ese mismo texto bíblico para verlo en su totalidad:





“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” 

Romanos 6:23





Aquí se afirma que la vida eterna —esta vida abundante en gozo, paz, pureza, poder y seguridad — es una dádiva, o sea un regalo de Dios. Los Regalos son pagados por la persona que los obsequia. Quien lo recibe no paga nada. Así es que la vida eterna, que es la dádiva más valiosa que se pueda imaginar, le costó un precio enorme a nuestro Padre celestial, le costó la vida de un Hijo. Por tanto, usted y yo no tenemos que pagar, solo tenemos que recibir.



En verdad, si quisiéramos pagar no podríamos hacerlo, porque el valor de la vida eterna está mucho más allá de todo esfuerzo o mérito humano.



Además, si pretendiésemos pagar, ofenderíamos a Aquel que nos ofrece el regalo.



Antes de presentar un obsequio, las personas bien educadas siempre tienen el cuidado de hacerle a su regalo una envoltura atractiva. Así también ha hecho nuestro Dios; ha envuelto la dádiva de la vida eterna "en Cristo Jesús. No ha colocado este precioso don en ninguna otra persona ni en otra parte alguna. Lo puso exclusivamente en la persona y en la obra de su Hijo. Entonces, para poder recibir este regalo de Dios, tenemos que recibir a Cristo mismo en nuestro corazón, por que la vida eterna esta en él.



Pero observemos una cosa más. Dice el texto que estamos comentado que "la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro".



Quiere decir, pues, que al recibir a Cristo en nuestro corazón, hemos de recibirle como SEÑOR de nuestra vida.



Cuando Dios creó al hombre le puso en el Huerto de Edén, rodeado de toda cosa buena y hermosa. De todo disponía, menos de una sola cosa. Como símbolo de la soberanía divina, Dios le prohibió a Adán que comiera del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.



Mientras que el hombre respetaba esa prohibición estaba diciendo en efecto que quien mandaba en el mundo era Dios. Pero por desgracia el hombre no quiso seguir respetando la soberanía divina. Se rebeló en contra de su Creador. Extendió la mano y tomó el fruto prohibido. Con ese acto dijo: "El que manda aquí soy yo". Y como consecuencia de aquel acto de rebelión le ha sobrevenido a la humanidad todo el cúmulo de desastres que narra la historia y que los periódicos proclaman cada día.



La raíz y la esencia de todo pecado es precisamente la negación de la legítima soberanía de Dios en nuestra vida. Por esto quedó Adán desterrado del paraíso, y por esto mismo usted y yo estamos "destituidos de la gloria de Dios". Por tanto, si queremos recuperar la gloria perdida, tenemos que hacer lo contrario de lo que hizo Adán; tenemos que bajar del trono de nuestro corazón al yo que ha mandado hasta ahora, e invitar a CRISTO a entrar para ser nuestro SEÑOR y REY.



Esto es lo que significa "creer en Cristo". La fe cristiana no es una simple creencia en ciertos hechos históricos, por verídicos que esto sean. Es más bien la recepción en el corazón de una Persona a quien se le entregan las riendas de la vida.



Así lo explicó el apóstol Juan:



"A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" 

Juan 1:12



Cristo vino a su pueblo. Poncio Pilato lo presento diciendo: "He aquí vuestro Rey". Y ellos contestaron: "No tenemos más rey que Cesar". Ellos lo rechazaron, pero todo aquel que lo recibe por fe, como Rey de su corazón, llega por esta misma decisión a ser hechos un hijo de Dios.



Entonces queda claro lo que usted debe hacer para tener la vida eterna: necesita invitar a Cristo a entrar en su corazón como Rey y Señor de su vida. Él desea entrar, pero espera ser invitado. Escuche sus palabras:





"He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él"

Apocalipsis 3:20





¿Le invitará usted? Permítanos ayudarle. Lea con cuidado la oración que se encuentra a continuación. Si está usted de acuerdo con lo que dice y si de todo corazón desea someter su vida a la soberanía de Cristo ponga su firma y escriba la fecha en los espacios en blanco dejados para este fin.






   Señor Jesús, he buscado la paz, el poder y la felicidad sin hallarlos. Ahora comprendo la razón. Es que mi pecado me separado de Dios, privándome de la vida abundante que él me quiere dar. Pero sé que por amor tu dejaste la gloria para morir en la cruz por mí. Pagaste el precio completo de la salvación, y por tu vida, tu muerte y tu resurrección me abriste el camino para volver a Dios. Señor Jesús, quiero dejar mis pecados. Y sabiendo que solo tu me puedes dar el poder necesario para vivir como debo, te invito a venir a mi corazón para perdonar mis pecados y para ser Dueño de mi voluntad de hoy en adelante. Por fe te recibo ahora como mi Señor y Salvador.





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