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miércoles, 7 de octubre de 2026

El Buen Samaritano

 


El héroe prohibido: la provocación detrás del buen samaritano


Hoy en día, la expresión «buen samaritano» se asocia de forma natural con una persona bondadosa, desinteresada y cívica. Sin embargo, en el siglo I, unir las palabras «bueno» y «samaritano» habría sonado a los oídos de un judío como una contradicción absurda, casi un insulto.

En Lucas 10:25-37, Jesús no contó una anécdota tierna sobre la solidaridad; lanzó una dura crítica contra las fronteras morales, los prejuicios étnicos y la hipocresía religiosa de su tiempo.

1. El escenario del crimen: la «subida de sangre»


El relato se sitúa en el camino que descendía de Jerusalén a Jericó: una ruta sinuosa, desértica y escarpada que descendía más de 1.000 metros de altitud en apenas 27 kilómetros.

Este paso era célebre por su peligrosidad. Los bandidos acechaban tras las rocas y curvas ciegas, al punto de que los romanos lo conocían comúnmente como el «camino de sangre». Que un viajero solitario fuera asaltado, despojado y dado por muerto era una escena aterradora pero sumamente realista para la audiencia.

2. El sacerdote y el levita: ¿indiferencia o pureza ritual?


Dos figuras de la élite religiosa bajaron por ese mismo camino: primero un sacerdote y luego un levita, ambos vinculados directamente con los servicios del Templo de Jerusalén. Al ver al hombre herido, los dos decidieron cruzar a la otra orilla y pasar de largo.

¿Por qué evitaron intervenir?

  • El dilema de la impureza legal: De acuerdo con las leyes levíticas (Levítico 21:1-3; Números 19:11-16), tocar un cadáver transmitía una impureza ceremonial severa durante siete días. El hombre ensangrentado yacía inconsciente; comprobar si respiraba implicaba arriesgarse a quedar ritualmente inhabilitado.

  • El peso del deber sobre la vida: Al preferir no arriesgar su condición cultual, ambos colocaron las normas ceremoniales por encima de la preservación de la vida humana (Pikuach Nefesh), un principio que la tradición profética ya advertía: «Misericordia quiero, y no sacrificios».

3. La entrada del enemigo: el giro que nadie esperaba


En la tradición narrativa popular de la época, las historias solían seguir un patrón ternario: sacerdote, levita y un laico judío común (el héroe humilde). La audiencia esperaba que el tercer caminante fuera el héroe israelita virtuoso.

En su lugar, Jesús introdujo a un samaritano.

El conflicto entre judíos y samaritanos era visceral, fruto de siglos de disputas teológicas, raciales e históricas (Juan 4:9). Se consideraba a los samaritanos cismáticos, idólatras e impuros por definición. La sola idea de que el rescate moral viniera de un miembro de esa comunidad resultaba desconcertante para cualquier oyente judío.


4. Primeros auxilios con costo real


El samaritano no se limitó a sentir lástima; asumió riesgos personales y financieros directos:

  • Aceite y vino: Los recursos médicos de emergencia de la época. El vino desinfectaba las heridas gracias a su acidez y contenido alcohólico, mientras que el aceite aliviaba y suavizaba los tejidos lacerados.

  • Vulnerabilidad en el camino: Detenerse a atender al herido lo exponía a ser emboscado por la misma banda de ladrones.

  • Dos denarios: Entregó al posadero el equivalente a dos jornadas completas de salario de un jornalero, suma suficiente para garantizar semanas de estancia y cuidados, comprometiéndose además a saldar cualquier deuda pendiente a su regreso.


5. Cambiar la pregunta: ¿quién se hace prójimo?


El diálogo había comenzado con un letrado de la ley intentando justificar los límites de su deber: «¿Y quién es mi prójimo?» (es decir, «¿hasta dónde llega mi obligación y a quién puedo excluir con la ley en la mano?»).

Jesús clausuró la historia invirtiendo por completo el punto de partida:

«¿Quién de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?»

El prójimo no se define por pasaporte, credo ni parentesco. No es una categoría que se deba seleccionar, sino una postura activa: ser prójimo es acercarse a quien padece necesidad, derribando cualquier barrera que la comodidad o la tradición hayan levantado.






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